lunes, 23 de marzo de 2009

La tengo más larga que tú




Sobre el caso Pedro Ruiz, ya comentada la vaciedad del hablar durante doce horas sobre cosas que "interesan", se me avecinan un porrillo de ejemplos que le hacen a una cadena vender sus productos en cuestión de longitudes.

Veo 7 anuncia la entrevista más larga de la historia para entrar en el libro Guiness de los Récords pero el experimento con programas de televisión de larga duración viene de lejos.

En diciembre de 1997 el hoy feriante Jordi González condujo un especial de Moros y cristianos de 24 horas. ¿Recuerdan? Era aquel espacio donde Adriansens, Rossy de Palma, Pepe Sancho, Ramoncín, Vampirela, Apeles y otros polemistas del maxilar inflamado defendían el Sí o el No.

Con este especial, Telecinco intentó también batir el récord del debate más largo de la historia, que hasta entonces ostentaba Jerry Lewis, con 20 horas ininterrumpidas.

Los temas a tratar del Moros y Cristianos carecían de importancia, pero allí se plantaron los títeres de ideas hueras e incontinencia verbal para rellenar un sábado/domingo de parrilla telecinquera. La justificación en este caso no fue el citado Récord Guiness, sino un maratón contra los más pobres. Y digo "contra" y no "a favor" (parafraseando a Ortega Cano y su "todo por la droga, digo contra") porque ofrecían Guerra verbal y pedían Paz mundial.

Nunca entendí los maratones televisivos por los más necesitados. Aquellos programas interminables donde se ponían de ejemplo llamadas de ancianos que ofrecían la mitad de su pensión a la causa.

También sirvieron aquellos inventos para rellenar horas y horas de parrilla con product placement en cada bolita del dineroso árbol de Navidad: Que si Cocacola da un millón, que si nos llama el representante de San Miguel para dar medio, que si el BBVA da el 0, infinito % de lo que roba... ¡Qué desvergüenza y qué Plácido se hubiese quedado Azcona de haber escrito el guión de esta película con los 'telemarotones' en los televisores de los ricos!

Aparte de los benéficos, la tele también ofrece otro tipo de maratones de dudosa eficacia. A los niños se les atiborra con programación infantil 24 horas ¿y qué chaval está despierto a las 5 de la mañana para verlos? ¿no será que se intenta convertir a los adultos insomnes en eternos niños privados de Morfeo? También los maratones culturales: esos ciclos del Plus o de algunas temáticas con dos días enteros de "sus serie favorita" emitidas sin cortes, sin descanso, son una prueba de "Míra que grande la tengo".

El "la tengo más larga tú" va como un tiro para esta sociedad del consumo desorbitado, donde la cantidad prima sobre los demás aspectos. Al margen de la tele vivimos continuamente sobre esta filosofía. Piensen en La noche en blanco, por ejemplo: Maratón cultural por todo Madrid durante una noche. Obliga sin duda a pasar por la ciudad consumiendo cultura como sustituto del ocio o del sueño. En estas circunstancias, el ver 'El sueño de una noche de verano' de Shakespeare, por ejemplo, ya no es "la alternativa a", sino que se convierte en una jodida pesadilla.

Maratones en toda su extensión. Sin reposo alguno ni tregua para quien participa en ellos: Hay que acabar cansados de pensar en los que menos tienen, en el por qué nos gusta una serie o en elegir pacientemente el espectáculo que queremos disfrutar.


Nos taladran durante 14, 24 o 36 horas con lo mismo para conseguirlo. El resto del año dosificamos "lo más vital": trabajo a intervalos que, con sus puentes y días señalados, no parece tanto trabajo. ¿A que no?

No hay comentarios: