jueves, 12 de octubre de 2006




Buenafuente cumplió este miércoles 200 programas en Antena 3. Llegó para convertirse en la alternativa al estercolero marciano de gritos y tetas y se hizo su propio hueco.

Recuerdo que antes de aterrizar en Antena 3, Andreu concedió una entrevista y dijo que haría humor con casi todo: “Nos reiremos de todo lo que tenga que ver con el hombre”.

Ahí entraban las instituciones, los cargos políticos y las creencias. No entraban, por ejemplo, las catástrofes naturales. Pero...¿y él?

Buenafuente ha cumplido y no ha dejado títere con cabeza. A veces de una manera irónica, otras con un humor más negro, pero siempre con ese toque único de vacile que no deja de ser deliciosamente encantador para los que somos unos descreídos por sistema.

La Princesa Leticia, el Papa, políticos, concursantes de reality…Todos han pasado por la turmix de Andreu y, seguro, que la mayoría han quedado encantados. Incluso ha habido chistes para el sumo director de la cadena, el capo Carlotti. Todos le han sufrido gustosamente. Todos, menos el propio Buenafuente.

El showman se cogió un rebote de los gordos cuando le pillaron desnudo a principios del verano en una cala ibicenca.

Ahí es cuando patinó. Pensé que alguien como Buenafuente, tan listo como para saber reírse de todo y con gusto, podría hacerlo también de su propia circunstancia. Pero el poder adquirido durante tanto programa de éxito le cegó tanto que sus únicas palabras fueron amenazantes y de repulsa. Nada de hacer parodia en su programa. Se olvidó de su filosofía bien intencionada y de su audiencia. Se limitó a zanjar el tema publicando un mensaje demoledor en su Web contra la prensa del corazón, con la que él tantas veces ha jugado y "contrajugado".

Gracias a aquella tropelía, muchos de sus seguidores abrimos los ojos y tuvimos que pararnos a reflexionar.

Una cosa es Buenafuente, y otra (la que merece ser felicitada) es el programa que lleva su nombre.

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